| Centenario de la muerte de San José | ||
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Preciosa es la vida entregada por la misión (Lo siguiente es la homilía del Padre general en la celebración eucarística de la apertura del Año del Centenario de los Santos Arnoldo y José en el Colegio Verbo Divino de Roma, el 29 de enero de 2008). Queridos hermanos,
Hace cien años, el 28 de enero de 1908, sobre las seis de la tarde, después de casi 30 años de servicio misionero ininterrumpido, expiraba José Freinademetz en la casa central SVD de Taikia, Shandong del Sur, China. La palabra “expirar” es apropiada para describir la muerte de José Freinademetz. Porque José llegó a China para dar su vida por sus queridos chinos. Y lo dio todo, de tal manera que al final no quedó nada. Literalmente “expiró” o “se extinguió”, como una vela que da luz en la oscuridad hasta el fin, y al final, simplemente se apaga. Pero más que el fin de una vida, la muerte de José Freinademetz fue el cumplimiento de un sueño. En 1886, siete años después de su llegada a China, le escribió a su familia en Val Badia: “Amo China y a los chinos, y moriría mil veces por ellos”. Seis años más tarde, en 1992, escribió de nuevo: “Por lo que a mi respecta, realmente amo a mis queridos chinos y no tengo otro deseo que vivir y morir entre ellos”. Así, aquella tarde del 28 de enero de 1908, la vida misionera de José Freinademetz no terminó realmente, sino que llego a su plenitud. “Morir mil veces” es, de hecho, una descripción apropiada de la vida misionera de José Freinademetz en China. Desde el momento que llegó a China en 1879, José no cejó de predicar el evangelio a sus queridos chinos, incluso en las aldeas más remotas. Tuvo que sufrir mucho, pero ni una sola vez rehuyó el sufrimiento o el sacrificio: largos viajes, oposición a sus predicaciones, hostilidad de los no creyentes, persecuciones, ataques de bandidos, amenazas de muerte. En 1884 escribió a sus padres: “Fueron muchas las veces en las que he estado en peligro de muerte, cuando los paganos conspiraban para matarme, pero el Señor siempre me ha protegido hasta ahora”. Y de nuevo en 1888 escribió: “Aquellos pueblos son muy peligrosos; en ciertas ocasiones del año es casi imposible ir allá porque los viajeros son atacados por los bandidos, a quienes roban e incluso matan”. Y un año después en 1889, narró el bien conocido incidente cuando trató de salvar a un pobre chino que estaba siendo castigado por un Mandarín por haber consentido que lo bautizaran. Por esto, José fue golpeado y apaleado, atado y arrojado por tierra, arrastrado por la carretera y abandonado medio muerto. Así, incluso antes de su muerte en la tarde del 28 de enero de 1908, José había ya muerto mil veces por el evangelio y por sus queridos chinos.
Y más que los sufrimientos físicos, fue la transformación interior que buscó desde su llegada a China. Cuando llegó a Hong Kong desde Europa, José no perdió tiempo e inmediatamente se dedicó al estudio del chino y trató de trasformarse exteriormente para poder tener la apariencia de un chino. Y, de hecho, José se transformo fácilmente en chino exteriormente. Su nombre se transformó en “Fu Shenfu”. Se cortó su pelo rubio rojizo dejándose un mechón en la parte de atrás a la que se añadió una coleta negra. La sotana negra de Europa fue sustituida por un traje azul chino. Los zapatos de tela sustituyeron a los de cuero. Pero su visión de las cosas siguió siendo europea, tirolesa. Después de dos años en Hong Kong escribió: “China es verdaderamente el reino del diablo, apenas se pueden caminar diez pasos sin enfrentarse con imágenes infernales y toda forma de malignidad” Y de nuevo escribió: “El carácter chino tiene poco de atractivo para nosotros los europeos… El Creador no ha dotado a los chinos con las mismas cualidades que a los europeos… Los chinos son incapaces de altas motivaciones”. El traje chino no convirtió a José Freinademetz en un hombre nuevo. Él lo reconoció y se dio cuenta de lo que había que hacer. Dijo: “El trabajo principal está todavía por hacer: La transformación de la persona interior, estudiar el sistema de pensamiento chino, los usos y las costumbres, el carácter chino y su disposición. Todo esto no puede adquirirse en un solo día, ni siquiera en un año, y no podrá hacerse sin algún tipo de dolorosa operación”. Con estas palabras José formuló su plan de vida sin darse cuenta. Comenzó por liberarse de su estrecha forma de pensar y se convirtió en un buen misionero. De esta forma, doce años más tarde pudo declarar: “Ahora soy más chino que tirolés, y me gustaría permanecer siendo chino incluso en el cielo”. Así, José dijo repetidamente; “La mayor tarea del misionero es su transformación interior”. Esta transformación interior obviamente entraña la muerte interior, esto es, la muerte de la vieja persona (el tirolés) para que la nueva persona (el chino) pueda nacer.
Y así, la espiritualidad misionera de José puede ser descrita como una espiritualidad de la cruz. Precisamente por esto, la pintura que se realizó para su canonización en Roma hace cuatro años lo muestra sosteniendo una cruz en sus manos y apoyándola en el pecho. En 1888 escribió a sus padres:
“En cuanto a nosotros los misioneros, no nos faltan cruces. Podría escribir todo un libro contando todas las calumnias que los paganos hacen de nosotros… pero con la gracia de Dios ahora estamos acostumbrados a llevar la cruz; la cruz es el pan de cada día del misionero”. Y a los catequistas que recibían instrucción de él en Tsining (1893/94) les dijo: “Hay un camino que todos deben seguir si quieren convertirse en santos: la meditación sobre la amarga pasión de nuestro Señor Jesús”.
José, por lo tanto, entendió que el trabajo misionero tenía que seguir el camino de la pasión de Cristo. Escribió: “Toda la pasión se repite en la vida y la historia de la Iglesia… Aquí la Iglesia tiene que atravesar una semana de pasión, sudar sangre en el monte de los olivos, morir en la cruz, tiene que luchar y combatir, trabajar y sufrir, durar y sangrar. Martirio sangriento y sin sangre es su constante característica”. Así, José entendió su misión como el compartir la cruz de Jesús, darse a la gente, derramar la vida por el evangelio de cristo. Y no como un sacrificio, sino como un privilegio, un honor, un don de Dios.
Poco después de haber sido admitido por Arnoldo Janssen a la Casa de Misiones de Steyl, José escribió a sus padres (1878): “Gracias a Dios… que el Señor nos ha dado la gracia de tener un misionero en nuestra familia, Repito lo que ya dije antes: No lo considero un sacrificio que ofrezco a Dios, sino un gran don que Dios me ha dado”. Y en 1880 escribió desde la China: “Ser un misionero es un honor que no cambiaría por la corona de oro del emperador de Austria”. Y de nuevo en 1884 escribió: “No puedo agradecerle al Señor bastante por haberme hecho misionero en China”. En 1887 dijo: “Cuando pienso en las innumerables gracias que he recibido y continúo recibiendo hasta ahora de Dios… Confieso que podría llorar. La vocación más hermosa es ser misionero”.
Y así, en aquella tarde del 28 de enero de 1908, cuando José Freinademetz expiró, su vida misionera no se extinguió o finalizó; sino que llego a su plenitud. Sin duda se puede decir de José Freinademetz: “Preciosa es la vida entregada por la misión”. Su muerte aquella tarde del 28 de enero de 1908 no fue sino el último acto de una vida entregada completamente a la misión.
Queridos hermanos y hermanas, “Preciosa es la vida entregada por la misión”, este es el tema de la celebración que deseamos hacer durante todo el año para señalar el centenario de la muerte de nuestros dos santos - San Arnoldo Janssen, nuestro fundador, y San José Freinademetz, uno de los dos primeros misioneros de nuestra congregación. El centenario comienza hoy, centenario de la muerte de San José, y concluye el 15 de enero del próximo año, que será el centenario de la muerte de San Arnoldo. El tema que hemos elegido para la celebración proviene de la vida de estos dos santos - dos vidas completamente dedicadas a la misión.
Con este centenario deseamos renovar nuestro propio compromiso misionero bajo la inspiración de los dos santos. Como ellos, deseamos vivir nuestra misión como un compartir de la cruz de Jesús, como un darnos a nosotros mismos a la gente, como un derramar nuestras vidas por el evangelio de Cristo. Y no como un sacrificio, sino como un privilegio, un honor, un don de Dios. O la misión es autoentrega o no es misión en absoluto. O es una vida entregada por el evangelio de Cristo o no es misión. Sí, preciosa es la vida entregada por la misión.
En la entrada de la pequeña vivienda donde San José Freinademetz murió en Taikia, Shandong del Sur, China, cuando sólo tenía 56 años uno puede todavía encontrar dos placas de mármol conmemorando su muerte, una en latín y otra en chino. La placa dice: “Aquí en esta pequeña habitación, el Siervo de Dios, P. José Freinademetz, incansable predicador del evangelio, sobresaliente en palabras y hechos, después de recibir los últimos sacramentos, entregó su alma a Dios – 28 de enero de 1908”. “Infatigabilis Evangelii praeco, verbo et opere clarus”!
Queridos cohermanos y hermanas, oremos hoy para que, como hermanos y hermanas menores de San José en |